Relato Novelado


Vitoria. Colectivo de Cine de Madrid. 1975-1977.

Adolfo Garijo Mazarío.



En un día agotador, caída ya la tarde tras la impresionante manifestación que fue el entierro, la gente de Comisiones nos llevó al escenario donde habían ocurrido los hechos. En las paredes se veían los impactos de bala y aún quedaba sangre en el suelo donde alguien había sido abatido. Sonó la primera alarma. Borrachos de multitud como nunca lo habíamos estado en esa contradictoria y reprimida España post-Franquista, habíamos rodado por primera vez sin interferencias policiales, porque la policía, -la uniformada- no estaba en la calle.

Se había ordenado que permanecieran en los cuarteles para no provocar una nueva masacre. Quizá el mismo ministro que había dicho con tan poca fortuna que la calle era suya, había decidido tener la jornada en paz y dejarles la calle a los ciudadanos. Era la primera vez en casi 40 años, desde que había acabado una guerra civil que ninguno de nosotros había visto, pero de la que sin cesar oíamos hablar. Acabado el entierro se acabó la tregua. Los grises hacían su aparición en la calle.

Con la presencia de la policía, lo que restaba de euforia se transformó en alerta. Aún así insistimos en hacer una última entrevista a familiares de las víctimas. Estábamos agotados, no habíamos comido y eso que ya eran las cinco de la tarde, pero queríamos apurar las posibilidades que tuviéramos, rodar todo lo que fuera posible. Francisco nos advirtió:
-Os buscan a vosotros y a los otros… -un equipo de TV Alemana, pero de verdad, había rodado también parte del entierro- …si os quedáis aquí, os cogerán.
-Sólo esta entrevista.

Le dijimos. El de Comisiones (obreras) no dijo nada. Se limitó a llevarnos hasta unos pisos de protección oficial frente a los que nos esperaban paseando disimuladamente para establecer una discreta vigilancia, otros camaradas del Partido. Paramos. No han venido sociales (así llamábamos a los temidos policías de la Brigada Político Social) se puede subir. Os esperan.

Subimos a un piso de 70 u 80 metros cuadrados. Un hombre de unos 50 años, su mujer y una hija, nos recibieron. Habían matado a su hijo. Pasamos a un cuarto de estar. La euforia de vernos entre una multitud que copaba las principales calles de Vitoria y gritaba contra la dictadura, había dado paso al tremendo drama humano de una familia ante la muerte. Sobrecogía. Rápida y silenciosamente, enchufamos los cacharros. Quico a la cámara, yo cuidando los cables, Tomás el sonido que era sincrónico. Juan hacía las preguntas.
Juan dijo: ¡Cámara!.
Quico: ¡Rodando!.
Juan: ¡Acción!.

Lo dijo despacio, callado, casi para no molestar. Entonces, el padre que quería ser entrevistado y hablar de la injusticia de la muerte de su hijo, sufrió una rotura en sus entrañas y comenzó a llorar. Sólo se oían sus sollozos y el sonido de la Bolieu que no estaba bien insonorizada. Tomás grababa el sonido: sollozos o lágrimas silenciosas. Nadie hablaba. La cámara rodaba y rodaba y el pobre hombre lloraba y lloraba, con unas lágrimas como cataratas de agua o trozos desgajados de sufrimiento que salían a borbotones de sus órbitas para no torturarle más el corazón desolado. Su llanto duró varios eternos minutos. Quería hablar, pero el llanto ni le dejaba, ni amainaba. Alguien dijo: ¡Apaga!. Apagamos todo, recogimos y salimos en silencio de aquella casa, perdido el baño de las multitudes, disuelto entre lágrimas.

Regresamos en el coche verde de Quico hasta Madrid, en un silencio espeso que nos había amargado el baño de multitudinario antifranquismo, transformándolo en tristeza y horror por el sufrimiento contagiado, por la muerte innecesaria, por el pequeño y enorme dolor de una familia que pesaba más que la opresión de todas las dictaduras (y que todos los gritos de ¡¡España mañana será republicana!!)."



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